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martes, 29 de octubre de 2019

HACIA UN NUEVO PENSAMIENTO ECONÓMICO Y UNA NUEVA ECONOMÍA: LA TRANSFORMACIÓN NECESARIA.


Lo primero que quiero decirles es que una nueva economía, alternativa, no-capitalista, ya existe, y se está desarrollando con fuerza. Es la que llamamos economía de solidaridad, o economía solidaria, o economía de solidaridad y trabajo. Es una economía real, grande, en proceso de expansión y perfeccionamiento. Ella es muy variada y heterogénea, rica de experiencias diversas, pero que tienen en común una serie de rasgos que la hacen inconfundible. En esta economía solidaria, en América Latina podemos contar la existencia de decenas y cientos de miles de organizaciones y experiencias; en ellas participan millones de personas, con distinto grado de inserción.
Las experiencias que podemos identificar formando parte o constituyéndose como economía solidaria, son aquellas que operan con racionalidades económicas distintas tanto de la que tienen las empresas organizadas por el capital y que responden a la lógica de la ganancia y el lucro individual, como de las unidades económicas organizadas por el Estado y que responden a una lógica de planificación centralizada.
En términos generales, conforman la economía solidaria las iniciativas, experiencias y unidades económicas protagonizadas por familias, grupos, asociaciones, comunidades y organizaciones intermedias, y que persiguen objetivos de cooperación, ayuda mutua y reciprocidad, a nivel de sujetos sociales integrados por acuerdos y compromisos asumidos libre y conscientemente sobre la base de afinidades objetivas o culturales particulares. Nuestra economía solidaria se constituye, entonces, a partir de una cierta racionalidad económica especial, que funda modos alternativos de emprender, de organizar y de gestionar la producción, la distribución, el consumo y la acumulación.
No es posible en el breve espacio de esta exposición explicitar dicha racionalidad económica especial; pero diremos algo sobre ello más adelante. Por el momento digamos solamente que, en general, la economía solidaria se funda básicamente en dos factores cuya presencia económicamente operante da lugar a organizaciones económicas de características especiales. El primero de estos factores es la solidaridad y la cooperación, convertidos en fuerzas productivas organizadoras de las actividades económicas, lo que hemos llamado el "factor C", esto es, la fuerza creadora, organizativa y eficiente de la voluntad y la conciencia colectiva, comunitaria o asociativa. El segundo factor es el trabajo humano en el más amplio sentido, puesto al centro de la organización y por encima del capital y de los factores materiales y financieros de producción y distribución.
En términos más directos, diremos entonces que en la economía solidaria converge un conjunto de organizaciones y actividades económicas muy variadas, pero que tienen en común la presencia activa y central del trabajo humano y de la solidaridad social, como factores organizadores de la actividad económica.
¿En qué tipos de organizaciones económicas se manifiesta esta racionalidad especial, al menos de manera embrionaria pero suficiente para impactar sobre el modo de organizar y de realizar la actividad económica? Una rápida mirada panorámica a la realidad nos permitirá comprender que estamos en presencia de un mundo mucho más amplio, rico y extendido de lo que habitualmente reconocemos. En efecto, operan poniendo al centro esos dos factores básicos -y me refiero ahora a América Latina en particular-, al menos las siguientes realidades y procesos:
Pongamos en primer lugar a las cooperativas y las empresas autogestionadas, que son las formas más difundidas de búsqueda y construcción explícita y consciente de modos alternativos de organización económica, y que se han desarrollado en el ámbito de la producción, de los servicios, de la distribución y el consumo, del ahorro y el financiamiento, de la vivienda, la comercialización, el ahorro y el crédito.
Agreguemos luego las "organizaciones económicas populares", formas asociativas surgidas más o menos espontáneamente en diversos contextos de marginación y pobreza, que han dado lugar a una gran variedad de grupos de personas y familias que enfrentan en común problemas de alimentación, vivienda, desocupación, salud, capacitación y otras carencias, sobre la base de la autoayuda y la ayuda mutua. Encontramos entre otras, las ollas comunes, los comedores populares, los ‘comprando juntos’, los centros de abastecimiento, los talleres laborales, los grupos de salud, de recreación alternativa, de educación comunitaria, etc.
Relacionado con estas organizaciones, podemos considerar también al menos una parte de la más amplia "economía popular", constituida a menudo de manera informal, por personas, familias y grupos que buscan su subsistencia y progreso organizando actividades productivas, comeciales y de servicios al margen de las empresas y del mercado oficial. Muchos de ellos a menudo alcanzan viabilidad y espacios de desarrollo organizándose en sindicatos (por ejemplo de trabajadores independientes, de vendedores ambulantes, de cartoneros, etc.), en asociaciones gremiales, en ferias libres que han conquistado espacios públicos para el ejercicio de sus actividades comerciales.
Asociado con este fenómeno social de dimensiones inmensas en cada país de América Latina, podemos considerar también una parte de la realidad conocida como microempresas o microemprendimientos. Una parte importante de ellas es de hecho economía popular fundada en el trabajo, tiene una base de organización familiar y vecinal, da lugar a procesos de integración de funciones económicas (por ejemplo, al comercializar en conjunto, al participar en cooperativas de ahorro y crédito, al constituir asociaciones gremiales que operan como instancias coordinadoras de actividades conjuntas), y en todo ello pone de manifiesto también importantes relaciones y valores de solidaridad y cooperación.
Por cierto, en el mundo campesino existe en toda la región latinoamericana una extendida realidad de economía fundada en el trabajo, la solidaridad y la cooperación. La llamada "economía campesina", con sus unidades de base familiar extendida, sus articulaciones a nivel territorial y comunal, sus tradicionales formas de reciprocidad para hacer frente a los requerimientos variables y temporales de fuerza de trabajo, tecnologías, medios de producción y financiamiento, son sin duda constituyentes de nuestra economía solidaria.
También despliegan formas asociativas y de reciprocidad en las relaciones económicas, varias otras actividades de producción tradicionales, como es el caso de la pesca artesanal y su organización en "caletas de pescadores", la minería de pequeña escala realizada por "pirquineros" y otros extractores asociados, y en muchas ocasiones la artesanía como actividad en que se especializan pueblos y villorrios que adquieren una identidad por su dedicación a un rubro determinado: cerámica, trabajo de cuero, tejido, tallado de madera, trabajo de la piedra, etc.
No podemos dejar de mencionar también numerosas comunidades de pueblos indígenas, integradas económicamente por una común adscripción y posesión de la tierra y otros factores de producción, por la utilización comunitaria del ‘saber hacer’ ancestral, y donde las relaciones de reciprocidad son habituales en la distribución, el consumo y la acumulación, dando lugar a formas de vida comunitarias altamente integradas.
De más reciente origen, se están desenvolviendo en numerosos pueblos, villorrios rurales, ciudades de provincia, comunas populares urbanas, campamentos, etc., un vasto conjunto de iniciativas que integran energías organizadas de la comunidad, en términos de procesos comnocidos como programas de desarrollo local.
Existen, además, en toda América Latina, múltiples experiencias asociativas orientadas por principios de participación y desarrollo de la comunidad, formadas por mujeres, jóvenes, ancianos, pobladores sin casa, campesinos sin tierra, etc., que llevando adelante procesos de reivindicación de derechos e intereses compartidos correspondientes a sus distintas identidades, dan lugar a organizaciones sociales que de un modo u otro integran recursos y realizan actividades económicas que benefician a la comunidad local y territorial.
Cabe mencionar también iniciativas asociativas y comunitarias que se distinguen por hacerse cargo de ciertas preocupaciones sociales que son enfrentadas mediante la organización de actividades económicas conjuntas, como es el caso de experiencias de comercialización comunitaria, de autoconstrucción de viviendas utilizando tecnologías y materiales alternativos, de cultivos biológicos o de agricultura orgánica, de tecnologías alternativas que implican la utilización de fuentes de energía no contaminantes, el reciclaje de recursos, etc.
Podemos decir que la preocupación ecológica y la protección del medio ambiente están originando una incipiente búsqueda de una economía ecológica, que encuentra en las formas económicas fundadas en la solidaridad y el trabajo su expresión más coherente y natural.
Debe considerarse, también, una parte al menos del vasto mundo de las ONGs, u organizaciones no-gubernamentales de servicio y/o de desarrollo, que se organizan de maneras autogestionadas conforme a diversas alternativas jurídicas, y que se distinguen como formas institucionales o empresas "sin fines de lucro", o con explícitos fines de beneficio social. Muchas de ellas operan como instancias de apoyo a las formas económicas mencionadas anteriormente, y juegan un importante papel como organizaciones de financiamiento que gestionan fondos rotatorios, de comercialización, de asesoría organizacional, apoyo a la gestión, asistencia técnica y capacitación; otras tienen fines específicos acotados a necesidades sociales determinadas, y buscan mejorar la calidad de vida de sus beneficiados. Cabe en este sentido considerar a las numerosas fundaciones, corporaciones, asociaciones profesionales, organizaciones de voluntariado, asociaciones culturales, etc. que canalizan recursos y servicios de varios tipos, incluidos los de estudio e investigación, que contribuyen de manera significativa a darle identidad y presencia social, política y cultural a las expresiones económicas surgidas de la llamada "sociedad civil".
Forman parte de la economía solidaria, también algunos movimientos económicos que derivan de opciones éticas y espirituales, creados y realizados por personas que quieren ser consecuentes con sus creencias religiosas, con sus valores humanos, con sus búsquedas éticas y espirituales. Podemos mencionar, entre otros, el movimiento de la ‘economía de comunión’, la economía budista, la economía hinduista, la economía civil, etc.
Y también, las organizaciones del llamado comercio justo, o comercio justo y solidario, que comercializan en los países más desarrollados una gama de productos originados por pequeños productores y comunidades en los países más pobres, eliminando intermediarios y favoreciendo el consumo de productos ecológicos y producidos en condiciones de trabajo digno. También el movimiento de las finanzas éticas, o bancos éticos, que captan recursos de personas que desean que sus ahorros se empleen exclusivamente en unidades económicas comprometidas con ciertos valores de justicia, sustentabilidad ambiental, asociatividad, etc., estando dispuestos a sacrificar en parte los intereses que podrían obtener si colocaran tales ahorros en el sistema financiero y especulativo capitalista.
Y los movimientos del consumo responsable, del buen consumo, y otros que se comprometen a preferir la compra y el consumo de bienes y servicios producidos en condiciones justas, no contaminantes, sustentables, respetuosos del medio ambiente, etc.
Han surgido también organizaciones que realizan trueque y reciprocidad, generando sistemas de monedas complementarias, monedas de circulación local, autoadministradas con criterios de cooperación y confianza recíproca.
Están también las muy numerosas experiencias de economía de redes, basadas en la reciprocidad y el intercambio de saberes, servicios y recursos. Numerosas redes informáticas, el movimiento del software libre comparte también el espíritu solidario y la gratuidad, que implica poner libremente a disposición de los usuarios programas computacionales y otros servicios informáticos, en cuyo desarrollo se da una consistente cooperación.
No podemos dejar de mencionar las variadas experiencias de voluntariado, el trabajo voluntario de estudiantes y jóvenes que se hacen cargo de problemas de comunidades pobres, desarrollando iniciativas de capacitación, de desarrollo local, de construcción de viviendas, etc.
Esta visión panorámica de la multiplicidad de organizaciones que podemos considerar integrantes actuales y potenciales de la economía de solidaridad, nos permite hacernos una idea de la vigencia, importancia, actualidad y potencialidades que han adquirido las búsquedas de una nueva economía.
¿Qué distingue a todas estas iniciativas, actividades y organizaciones económicas? Ante todo, y lo más importante, es que sus integrantes no tienen en su mente, cuando se organizan, cuando realizan las actividades, cuando toman decisiones, cuando se relacionan unos con otros, no tienen en su cabeza el interés individual, el afán de lucro, la búsqueda de maximización de la utilidad propia, sino que tienen en la mente, y se comportan y relacionan, con valores, de justicia, de solidaridad, de participación, de cooperación, de comunidad. No se comportan como el ‘homo oeconomicus’ ávido y maximizador de la propia utilidad, que está a la base del comportamiento capitalista.
Junto con afirmar que la ‘nueva economía’ ya existe y que es amplia y consistente, quiero decirles que también existe, y que se está desarrollando con gran vitalidad, una nueva teoría económica, una nueva ciencia de la economía, que es capaz de dar cuenta de estas racionalidades económicas solidarias, de potenciarlas, de proyectarlas hacia niveles cada vez superiores de logro y eficiencia.
En este sentido, sostengo que se ha superado la desconfianza y reticencia respecto del pensamiento propiamente económico, que caracterizó durante casi dos siglos a las búsquedas tradicionales de economías alternativas. Es cierto que el cooperativismo y todas las búsquedas de economías no-capitalistas, han estado históricamente acompañadas de pensamiento social. Pero hay que reconocer que esas elaboraciones intelectuales han tenido un carácter eminentemente ético, pero no económico. Son propuestas de valores, son propuestas que enuncian la necesidad de justicia en la economía, de lo comunitario, de lo social, de la cooperación.
Son propuestas que dieron lugar a dos tipos de elaboración intelectual, a dos estructuras de pensamiento distintas: o son doctrinarias, o bien ideológicas. Doctrinarias, como en el caso de la “doctrina cooperativa”, o de la enseñanza o “doctrina social cristiana”, que se fundamentan en valores, principios y normas. O ideológicas, que más que fundarse en una ética filosófica lo hacen en un pensamiento político o en determinados intereses que se quiere defender, promover y generalizar en la sociedad.
Incluso, las propias búsquedas de economías alternativas tendieron durante mucho tiempo a no pensarse como experiencias económicas, sino como organizaciones sociales. Una explicación de esto es que a lo largo de toda la época moderna, cuando pensamos en la economía pensamos en el capitalismo, pensamos que lo económico es algo ligado a intereses individuales, a la búsqueda del lucro y la ganancia, como si fuera algo ilegítimo. Como si hablar de economía implicara contaminarse del capitalismo, o participar en algo no coherente con los principios de una búsqueda idealista y ética.
Fíjense que el mismo concepto de organizaciones “sin fines de lucro”, o el de entidades “non-profit”, deja sin clarificar el objetivo económico racional de estas unidades económicas. Son expresiones que se usan para establecer que no hay motivaciones economicistas, que no se es capitalista; pero al decir non-profit o sin ánimo de ganancia, sin búsqueda de utilidades, se está negando algo que es de la esencia de la economía, más allá de la organización capitalita. Porque toda y cualquier economía busca generar beneficios, producir valor económico, y hacerlo con eficiencia, o sea con el mínimo de costos y sacrificios y con el máximo resultado posible.
Esta situación puede entenderse por el hecho que la ciencia de la economía se ha formulado en una perspectiva capitalista, y después se desplegó en una perspectiva socialista y de economía estatal, y ambas orientaciones de pensamiento económico han sido altamente críticas respecto al cooperativismo, el mutualismo, la autogestión y otras formas alternativas. Especialmente los socialistas y quienes proponen economías estatales y de planificación centralizada han sido extremadamente críticos, partiendo por el marxismo que tiende a ver capitalismo también en estas economías basadas en la cooperación y la solidaridad. Algunos la valoran en ciertos aspectos, pero nunca validándola como propuesta general, mientras que el pensamiento económico capitalista ha siempre dicho que esta economía es ineficiente porque no estimula la competencia ni el natural afán de lucro,
Entonces, defendiéndose de estas críticas, quienes buscan economías alternativas, careciendo de un propio pensamiento económico, se distanciaban de lo económico y no se pensaban a sí mismas como propuestas económicas. Este ha sido un tremendo vacío histórico-cultural, que les ha impedido fortalecerse, orientarse con eficiencia, asumir objetivos económicamente racionales.
Yo pienso que, avasallado por las teorías económicas neo-clásicas, por un lado, y por otro lado atemorizado por la crítica tan radical que se ha realizado desde cierta izquierda, que ha criticado no sólo el capitalismo sino a la economía misma, que ha cuestionado no sólo el capitalismo sino también el mercado, la empresa, las ganancias, el dinero, e incluso el concepto de eficiencia, las experiencias económicas solidarias se atrincheraron en una formulación ética, doctrinaria o ideológica, inhibiéndose de construir verdadero pensamiento económico.
Pero esto terminó ya, con el surgimiento del concepto de economía solidaria. En el mismo enunciado Economía Solidaria no solamente está la legitimación de lo económico sino también, y es lo más importante, el descubrimiento de una racionalidad económica especial, que es específicamente económica pero que no tiene nada de capitalista. El pensar las experiencias cooperativas, autogestionarias y de economía solidaria en general, como genuinas y auténticas iniciativas económicas, abre a un descubrimiento fundamental: que la economía es mucho más que lo que la economía capitalista y las teorías asociadas a ella reconocen como económico.
Porque en la disciplina económica convencional se reconoce como económico solamente a aquello que pasa por una valoración monetaria y que se transa en el mercado y que adquiere precios. Cuando hablamos de Economía Solidaria en conexión con las experiencias de esta economía solidaria que he mencionado, descubrimos que la economía es mucho más que eso, que hay un campo enorme de recursos, por ejemplo de factores productivos, que no tienen una valoración monetaria y que, sin embargo, contribuyen a la producción. Descubrimos que hay muchas necesidades que se satisfacen con bienes y servicios que es necesario producir, pero que no se accede a esos bienes y servicios o a la satisfacción de esas necesidades mediante el gasto, mediante el uso del dinero.
Descubrimos que la economía en el fondo es la reproducción de la vida, el gobierno de la casa, el organizar racionalmente las actividades para subsistir, para satisfacer necesidades, aspiraciones y deseos, para progresar familiarmente, socialmente, para desarrollar todo tipo de proyectos de carácter cultural, social, político, espiritual incluso. Que la economía , igual que la política, es una dimensión presente en toda la vida, en toda actividad, en todo pensamiento, en toda acción.
No hay actividad humana que no tenga contenido económico, que no utilice recursos económicos, que no implique un uso económico del tiempo, que no implique satisfacción de necesidades, aspiraciones o deseos humanos, que no implique la utilización de recursos. Y lo económico es, en el fondo, organizar todo eso de manera más eficiente, de modo que los objetivos que las personas se propongan se alcancen en forma más plena. Y no significa necesariamente estar motivado por ambiciones egoístas, por intereses particulares, ni ponerse a competir con otros, porque se puede hacer economía, o sea vivir, reproducir la vida y ampliarla, cooperando con otros, compartiendo objetivos, distribuyendo solidariamente los beneficios, utilizando recursos que están disponibles para todos y que no necesariamente implican una apropiación privada individual que excluya a los demás.
Junto con descubrir que la economía es mucho más amplia de lo que normalmente entendemos por economía cuando la pensamos con las categorías que el capitalismo ha elaborado, descubrimos también que se puede hacer economía de distintas maneras, que hay racionalidades económicas muy distintas, que la racionalidad económica capitalista no es la racionalidad económica, sino que es una de las lógicas posibles, que hay otras que pueden ser aún más eficientes. Esto hace el concepto de Economía Solidaria: facilitar y permitir el desarrollo de un pensamiento económico propio sobre este tipo de empresas, sobre esta forma de interacción entre los sujetos, sobre los modos de consumo, sobre los recursos y factores productivos, sobre qué es y cómo opera el mercado, etc.
La expresión Economía Solidaria o Economía de Solidaridad convoca a esta elaboración de teoría y pensamiento económico, cuya ausencia ha dificultado el validarse como una alternativa económica eficiente, y resolver la contradicción que aparece entre el tener que guiarse en forma deductiva por elementos doctrinarios o normativos, y el tener que operar en la realidad económica donde todo pareciera implicar una posible contaminación.
De hecho, se ha ido construyendo un pensamiento económico nuevo, se ha ido desarrollando una teoría de la economía de solidaridad, que va más allá y es también una teoría comprensiva de la economía en general, puesto que comprende las diferentes lógicas operacionales y los distintos modos de alcanzar eficiencia económica, y que en particular enseña cómo tratar a los distintos factores y cómo operar en el mercado manteniendo coherencia con el hecho solidario, con lo esencial de lo mismos valores y principios tradicionales a los que no es necesario renunciar para alcanzar eficiencia.
Porque debemos decir, finalmente, que la teoría económica de la economía de solidaridad no sólo ha significado la comprensión rigurosa y científica de una racionalidad económica distinta a la capitalista, sino también ha fundamentado e iniciado una reformulación de la economía en general, llegando a elaborar una propuesta económica global basada en una nuevo pensamiento económico que hemos llamado “Teoría Económica Comprensiva”.
No tenemos tiempo para profundizar en esto; pero me interesa destacar que la economía de solidaridad responde también a esta necesidad profunda, de una nueva ciencia económica, que es una necesidad mucha más honda de todo lo que estoy expresando acá, y que tiene que ver con la situación en que se encuentra el pensamiento social y el conocimiento económico.
Una situación de crisis que nos plantea, también como necesidad urgente, acceder a una nueva estructura del conocimiento, a un nuevo paradigma cognitivo que supere la limitaciones del pensamiento y de las disciplinas positivistas que han enmarcado, hasta ahora, el pensamiento económico y social. Pero eso es un tema de mayor amplitud y densidad que no alcanzamos a profundizar aquí.
Pero no quiero terminar sin mencionar algunos conceptos claves de la economía, que son reformulados en esta nueva manera de concebirla y de practicarla. Por ejemplo, el concepto de mercado, que ya no es sóilo expresión de la competencia en que cada cual busca su propia utilidad, sino la expresión del hecho social fundamental, de que nos necesitamos unos a otros, y de que trabajamos unos para otros, porque no somos autosuficientes. El mercado se entiende, así, como la articulación y coordinación de decisiones económicas diversamente motivadas, y puede ser democrático o concentrado, competitivo o solidario.
El concepto de empresa, no necesariamente entendida como una inversión ca depitales que buscan su máxima rentabilidad, sino como emprendimiento cuyos protagonistas pueden ser los trabajadores que invierten su fuerza laboral, o comunidades que buscan una mejor calidad de vida. O tecnólogos que persiguen perfeccionar sus inventos e innovaciones, ampliando el campo de las aplicaciones de sus conocimientos y descubrimientos.
La comprensión de que los recursos y factores productivos no son solamente la tierra, el capital y el trabajo, sino también el que hemos llamado Factor C, esto es, la fuerza de la solidaridad, la energía que resulta de la unión de conciencias, voluntades y emociones tras objetivos compartidos. Energía poderosa que incrementa la eficiencia y la productividad de las personas y de las organizaciones que la despliegan.
La idea que los bienes y servicios y factores no se distribuyen y asignan solamente mediante relaciones de intercambio, sino también a través de formas de reciprocidad, de comensalidad, de cooperación, de donación.
La economía solidaria no rehuye sino que acepta el desafío de la eficiencia. Porque la eficiencia es un valor económico esencial, pero hay que redefinirla en términos de responsabilidad en el uso de los recursos,y de maximización de la felicidad humana y social que puede lograrse mediante los bienes y servicios producidos. Todo ello en el marco de una concepción de desarrollo humano sustentable social y ambientamente.
Termino señalando que, para que se desarrollara la nueva ciencia de la economía, que llamamos economía comprensiva, era necesario que la nueva economía, la economía solidaria, se desplegara en la práctica en toda su diversidad y riqueza, y que se abandonaran viejas ideologías que impedían asumir que estas eran realmente formas económicas genuinas.
Pero además, era necesario que se cumplieran algunas condiciones de posibilidad de esta nueva ciencia económica. Entre ellas:
a)   La profundización de la crisis del capitalismo, que por primera vez entra en una fase histórica en que sus capacidades de absorber recursos y población, son superadas por su capacidad de destruirlos y de expulsarlos.
b)   La crisis del marxismo y del comunismo, que había hecho creer que una nueva economía implicaba necesariamente la totalidad de un sistema, hegemonizado por el Estado.
c)   El despliegue real de la economía solidaria, sobre la cual realizar la teorización.
d)   Y, finalmente, la superación del paradigma epistemológico positivista, que no permitía la identificación de nuevas posibilidades, y que había excluido de los análisis científicos la subjetividad, la ética y los valores.
Luis Razeto

viernes, 25 de octubre de 2019

SE ACELERA LA CRISIS DE LA CIVILIZACIÓN MODERNA. ¿SERÁ QUE PODEMOS ACELERAR LA CREACIÓN DE UNA NUEVA CIVILIZACIÓN?

Observo los acontecimientos que se están verificando en Chile, y también en otros países. Protestas masivas, multitudes que se manifiestan en las calles exigiendo derechos y beneficios sociales, también saqueos y vandalismo más o menos espontáneos, y acciones violentas de grupos organizados.
Los analizo desde mi convencimiento de que estamos frente al declinar de la civilización moderna, y en la perspectiva de la urgente necesidad de iniciar la creación de una nueva civilización. Trataré de resumir lo que observo y lo que pienso en estas muy complicadas situaciones.
Muchos dicen haber sido sorprendidos por la intensidad y persistencia de estos hechos, que no imaginaban que pudieran ocurrir con tanta fuerza. A mí, en verdad, no me han sorprendido y en cierto modo los he venido previendo. Los vengo anunciando y advirtiendo en mis estudios desde hace tiempo, y más recientemente los vengo representando en mis novelas sociológicas y de anticipación histórica: LA CIVILIZACIÓN MODERNA HA ENTRADO EN SU FASE DECLINANTE Y YA AGONIZA. Su final es inevitable, aunque no podemos saber los tiempos que durará su decadencia, que serán diferentes según los niveles de consistencia que esta civilización, y su crisis, hayan alcanzado en los distintos países. Pero es importante comprender lo que sucede, examinando los procesos que han conducido a ellos.
Lo primero que muere de una civilización es su pilar cultural, que incluye los valores, la ética, la ideología, la religión, la educación, la racionalidad, que la sustentan. Eso ya ocurrió, y precisamente por eso, la caída de esta civilización es inevitable.
Después viene la caída del pilar político. En el caso actual, de la llamada democracia, que es en realidad el régimen burocrático-representativo y de partidos políticos, que gobierna al Estado. Ya se aprecia que no es capaz de resolver los problemas y de asegurar gobernabilidad. Se está desmoronando rápidamente. Después vendrá, inevitablemente, la caída del sistema económico.
En este contexto la pregunta que surge inmediatamente es ¿qué hacer?
Mi respuesta es lo que vengo elaborando y exponiendo también desde hace años, y también representando en mis novelas de anticipación histórica: una economía de solidaridad y trabajo, una nueva estructura del conocimiento y de la proyectación, una renovación ética y espiritual, una nueva educación, una ecopolítica, o en síntesis, iniciar la creación de una nueva civilización, fundada en el conocimiento, la creatividad, la autonomía y la solidaridad.
Desglosando y precisando este análisis sobre la crisis de civilización que vivimos, paso a analizar con algún mayor detalle las tres dimensiones de esta crisis, o sea el desmororamiento de sus tres pilares.
LA CRISIS DEL PILAR CULTURAL.
Comienzo por la crisis del pilar cultural, que incluye los valores, la ética, las ideologías, la religión, la educación, la racionalidad, que sustentan la civilización moderna. Esta crisis se manifiesta en el descontento, la ansiedad, la desorientación, la rabia, la falta de fines claros y de sentido de la vida. Especialmente de los jóvenes, que experimentan más fuertemente la desorientación y la crisis de sentido, pero no sólo de ellos.
Las religiones han perdido la credibilidad y la confianza que generaban. Las familias no educan, y están ellas mismas en crisis. Las ideologías ya no orientan ni motivan a las masas. La educación no forma en valores ni virtudes, y sólo entrega conocimientos fragmentados. Los medios de comunicación alientan el descontento. La clase política es percibida como corrupta y tampoco proporciona una guía consecuente en torno a un proyecto que convenza y que convoque. La racionalidad de la economía imperante no es aceptada por las mayorías, incluso si se comportan conforme a sus orientaciones de consumismo y endeudamiento. No hay modelos ni referentes éticos, más allá de personajes de la farándula y del deporte.
Las personas están desorientadas, porque carecen de una ética exterior y normativa que las convenza, y también de una ética asumida concientemente por la que se auto-orienten y dirijan. La subjetividad prima sobre la racionalidad, y se vive según las cambiantes emociones que suscitan las situaciones inmediatas. Muchos caen en adicciones, especialmente por alcohol y drogas.
Todo esto, si bien no afecta a todas las personas y grupos sociales, se va extendiendo y generalizando como un clima cultural compartido. Cunde el descontento y la insatisfacción. Diría que hay una hipertrofia del criticismo. Se legitiman comportamientos que la ética convencional no aceptaría.
Cuando el pilar cultural, ético, ideal, racional y espiritual que sustenta una civilización se desvanece, si no surge una nueva cultura civilizatoria, se va cayendo en lo no-civilizado, que suele llamarse "barbarie".
LA CRISIS DEL PILAR POLÍTICO.
Lo primero es precisar qué es lo que está en crisis. En mi opinión, nada menos que el Estado, convencionalmente llamado democrático, pero que en términos más rigurosos de ciencia de la historia y de la política, es el Estado burocrático-representativo con régimen de partidos políticos.
Este Estado burocrático-representativo y el régimen de partidos políticos que lo gobierna, han perdido en grande y creciente medida la capacidad de cumplir los fines y funciones que le son atribuidos al Estado en la civilización moderna, a saber:
Uno, asegurar el orden social, controlar la delincuencia, administrar justicia, garantizar la propiedad y los contratos.
Dos, encausar y dar curso racional a las transformaciones y cambios que son demandados por las dinámicas ideológicas y culturales de la sociedad civil.
Tres, regular y ordenar la economía para que sirva al bien común.
Cuatro, proveer los medios que aseguren la satisfacción de las necesidades básicas de la población en salud, educación, previsión social, etc.
Y cinco, cumplir todo lo anterior sin afectar sino garantizando las libertades fundamentales de creencias y pensamiento, de expresión y comunicación, de asociación y organización social.
Es cierto que cumplir todo esto que se le pide al Estado es mucho, y que nunca lo ha podido lograr cabalmente. Pero el problema no es la imperfección con que lo realice, que es inevitable. La crisis del Estado consiste en que, desde hace algunas décadas, ha dejado de avanzar en la dirección de ampliar y profundizar el logro de estos fines, evidenciándose por el contrario una grave, progresiva y acelerada pérdida de su capacidad de cumplirlos.
Consecuencia de esto es el distanciamiento y rechazo del orden político por grupos crecientes de ciudadanos, la fragmentación de la sociedad, una conflictualidad acentuada, la protesta y la ingobernabilidad de las masas, la corrupción de las instituciones, el desprestigio de la clase política. Y el populismo que a fin de cuentas es la peor forma de cumplir las funciones indicadas, si no es directamente su negación.
Cabe observar que esta crisis del Estado y de los partidos (del pilar político de la civilización moderna), está vinculado y en gran parte causado, por la crisis del pilar ideológico, moral y cultural.
LA CRISIS DEL PILAR ECONÓMICO.
En la mayoría de los países del mundo la economía crece, anualmente, entre el 1 y el 4 % cada año. ¿Cómo puede afirmarse que el pilar económico de la civilización moderna (la producción, la circulación, el consumo y la acumulación capitalistas) está en una crisis que se está acentuando y que incluso corre el peligro de derrumbarse?
Lo primero que puedo afirmar al respecto, es que el crecimiento no es señal ni indicador de salud y fortaleza. Esto ya lo pudimos apreciar al examinar la crisis del Estado como pilar político de la civilización moderna. El Estado viene creciendo desde hace décadas: aumenta constantemente el tamaño de su burocracia; las instituciones que protegen el orden público, que administran justicia, que regulan la economía, que proveen servicios de educación, salud y previsión social, tienen cada vez más personal, y disponen de presupuestos que crecen anualmente más que el crecimiento de la producción; los impuestos aumentan constantemente, demostrando que el poder del Estado para imponerlos a las empresas, a los consumidores y a los ciudadanos no ha sufrido merma sino, al contrario, parece cada vez más fuerte. Pero el hecho es que no obstante crecer, los fines y las funciones que tiene el Estado los cumple de modo crecientemente insatisfactorio. El crecimiento no es señal de salud, sino exactamente al contrario: pone en evidencia su crisis, su incapacidad de resolver los problemas y de cumplir sus fines y funciones, no obstante contar con mayores y crecientes medios. El crecimiento puede ser indicador de enfermedad, como ocurre con muchos órganos de nuestro organismo cuando se hipertrofian.
Y así sucede con la economía: su crecimiento no es necesariamente indicador de un buen funcionamiento y del logro de sus fines. Los fines de la economía son proporcionar una apropiada satisfacción de las necesidades humanas; asegurar el bienestar de la población; generar integración y progreso social; garantizar que los logros alcanzados en bienestar y progreso puedan sostenerse en el mediano y largo plazo, lo que a su vez implica asegurar la disponibilidad futura de los recursos y factores productivos indispensables.
Como la población crece y las necesidades de cada individuo, familia y grupo social se expanden, no parece que puedan cumplirse y mantenerse esos fines sin que la economía crezca; pero el crecimiento de la producción y del consumo, por sí mismo, no asegura ninguno de esos objetivos. Entonces, aún existiendo crecimiento ¿cuáles son las causas y las manifestaciones de la crisis del pilar económico de la civilización moderna?
Respecto a la satisfacción de las necesidades humanas, el problema es que la actual economía capitalista, financiera y consumista exacerba las necesidades, las aspiraciones y los deseos de los consumidores, de suerte que no son posibles de satisfacer con la producción que la economía genera y con el dinero que la circulación financiera y la distribución de los ingresos proporciona a los consumidores. Necesidades, aspiraciones y deseos que hace algunos años eran exclusivos de un sector pudiente de la sociedad, se han generalizado, expandiéndose las expectativas, sin que el mercado provea los medios para satisfacerlas. Ello da lugar, obviamente, a una creciente insatisfacción, frustración, malestar e infelicidad. El incremento del crédito, si en una fase contribuyó a equilibrar las demandas de los consumidores con los medios de pago disponibles, ahora acentúa el desequilibrio con un sobre-endeudamiento que exige pagarse con un porcentaje creciente de los ingresos de las personas y familias.
En cuanto a la integración social que la economía debiera proporcionar, la evidente concentración de los ingresos y de la riqueza que produce la actual conformación del mercado, genera una desigualdad que es percibida como inequidad por toda la población que no forma parte de los reducidos grupos favorecidos.
Y en cuanto al objetivo de la sustentabilidad, es sabido que el uso excesivo de los recursos naturales y de las energías no renovables, con sus consecuentes daños al medio ambiente y a la ecología, que son propios del industrialismo y del consumismo y que se agudizan con el crecimiento económico, constituyen una amenaza evidente a la futura reproducción económica, con todos los efectos que ya comienzan a observarse.
Estos son los elementos que permiten afirmar que la economía capitalista, industrialista, consumista y también estatista, que sustenta a la civilización moderna, está experimentando una profunda crisis, que continuará acentuándose en los años próximos. En síntesis: esta economía, precisamente porque crece y nadie la detiene en la dirección en que corre, está enfrentada a su agotamiento y a su progresivo derrumbe.
Por cierto, esta crisis del pilar económico se conecta estrechamente con las crisis del pilar ideológico, moral y cultural, como también con la crisis del ordenamiento político, ya analizados.
Surge inevitable la pregunta por el futuro: ¿Cómo se manifestará la crisis de esta civilización en el futuro próximo? ¿Qué podemos esperar a nivel de nuestras sociedades, y cómo nos afectará en nuestra vida cotidiana?
EL FUTURO QUE SE AVECINA.
Es muy difícil prever el futuro, y para saber lo que podría suceder sólo contamos con el análisis de las tendencias en curso, cuya prolongación en el tiempo es previsible, y con el conocimiento de la historia de las civilizaciones anteriores, cuyas fases de decadencia de lo viejo y de creación de lo nuevo muestran algunas regularidades que podemos suponer que también en esta ocasión se manifestarán. A lo anterior, yo agrego un tercer elemento indispensable de considerar: la acción del espíritu humano, que es creador, libre y autónomo, solidario y fraterno, y que siempre actúa pero que lo hace con especial intensidad en los períodos difíciles, en las crisis, en las agonías.
Con base en el conocimiento de esos tres elementos, podemos afirmar que la crisis de la civilización moderna, afectada simultáneamente en sus pilares cultural, político y económico, no se podrá detener. La declinación continuará, en una agonía que podrá ser más lenta o acelerada, más o menos intensa y dolorosa.
Pero al mismo tiempo podemos esperar el comienzo de la creación de una nueva civilización, en las mismas tres dimensiones de la cultura, de la política y de la economía. Dicha creación podrá ser más lenta o rápida, más o menos fácil o trabajosa, pacífica o conflictiva, según las condiciones de cada lugar, según las iniciativas de los sujetos que la levanten. Y según la fuerza del espíritu humano creativo, autónomo y solidario.
Modificando la tan manida metáfora del vaso medio lleno o medio vacío, sostengo que veremos en el futuro un vaso casi lleno que se irá vaciando, y un vaso casi vacío que se irá llenando.
El vaciamiento de la civilización moderna comportará dos dinámicas simultáneas y recíprocamente condicionadas. Por un lado, el debilitamiento e inseguridad creciente de las actuales élites económicas, políticas y culturales, cuyas capacidades de organización y conducción continuarán decayendo; y por otro lado, un malestar creciente de las grandes multitudes subordinadas, que incrementarán sus protestas sociales, el irrespeto de las leyes y la insubordinación a los gobiernos, y que experimentarán una paulatina disgregación, desorientación y empobrecimiento. Las élites económicas y políticas podrán ofrecer a las multitudes descontentas, algo más de lo mismo que han ofrecido hasta ahora, que podría paliar levemente el descontento; pero no algo diferente, porque nadie da lo que no tiene. En Chile ¿una nueva Constitución? Sí, será necesaria. Siempre que no sea elaborada por esas mismas élites políticas que están en crisis, y que surja de procesos reflexivos, dialógicos y deliberativos en que todos los sectores participen y que requieren madurar en el tiempo.
Pues, en cuanto al surgimiento de una nueva civilización, conviene considerar lo que ha sucedido en los anteriores procesos históricos de implantación de una civilización nueva cuando la anterior se derrumba. La alternativas son, en grandes líneas:
POR LA RAZÓN Y EL ESPÍRITU, O POR LA FUERZA Y LA VIOLENCIA.
Hemos visto que el derrumbe de la actual civilización comenzó con el deterioro y decadencia del pilar cultural, moral y espiritual. La creación de una civilización nueva tendrá que comenzar desde ese mismo nivel intelectual, moral, cultural y espiritual, y a partir de allí podrán irse construyendo los nuevos pilares económico y político.
Pero la relación entre el nivel cultural, intelectual y espiritual, y los niveles político y económico, es compleja y requiere atenta consideración.
El historiador inglés Arnold Toynbee enseña que las nuevas civilizaciones surgen en respuesta a grandes problemas y desafíos naturales o sociales que la civilización existente no es capaz de resolver. Señala que en la formulación de las respuestas a esos problemas y desafíos y en la formación de las nuevas civilizaciones, han tenido siempre una importancia decisiva el desarrollo del conocimiento y los factores culturales, espirituales y religiosos. Y señala también que en el establecimiento de las civilizaciones, han jugado un papel importante la fuerza y la violencia política con que se imponen las nuevas soluciones y respuestas.
Es interesante observar la paradoja histórica: las fuerzas intelectuales, morales y espirituales portadoras de respuestas civilizatorias nuevas, muchas veces se han impuesto por la fuerza y la violencia. El resultado es, obviamente, que las civilizaciones así generadas se consolidan como sistemas de dominio, y las energías religiosas, espirituales y culturales resultan y terminan asociadas al poder dominante, y se contaminan y corrompen.
En mis novelas de Anticipación Histórica he representado la instauración de una Dictadura Constitucional Ecologista, global, fuertemente represiva de los individuos, de la política y de las empresas, que se genera a mediados del siglo XXI debido a la incapacidad de las democracias para enfrentar los desafíos del orden social, la construcción de una nueva economía, la recuperación del medio ambiente y del cambio climático. Abrigo la esperanza de que algo así no llegue a ocurrir, y que una nueva civilización llegue a establecerse mediante procesos civiles y democráticos. En esas mismas novelas represento el lento pero seguro surgimiento de una nueva civilización más justa y solidaria.
Por eso es importante comprender por qué las respuestas culturales, morales y espirituales pueden terminar imponiéndose por la fuerza y asociándose al poder; y qué se requiere para que se establezcan pacífica y armónicamente, por la fuerza de la razón y del espíritu.
La explicación de la imposición por la fuerza debe buscarse en el hecho de que, de la existencia de los problemas de la civilización en crisis, toman conciencia grandes multitudes; pero la elaboración de las respuestas necesarias es asunto muy complejo, y suele ser realizada sólo por una parte de la sociedad, por algunas clases o grupos menores, por élites intelectuales y políticas. Estas, ante el proceso de descomposición inevitable de la civilización anterior, urgidas por las circunstancias, convencidas de tener las soluciones, se organizan para imponerlas y luchan hasta que lo logran.
Lo digo de otro modo. Es muy evidente la crisis de la civilización moderna, y casi todos tomamos conciencia de que la humanidad debe enfrentar hoy problemas y desafíos gigantescos: económicos, sociales, ambientales, políticos. Pero la elaboración intelectual, cultural y espiritual de las respuestas a los desafíos es realizada por algunos grupos especialmente conscientes y lúcidos.
Pero no es la única posibilidad, y quiero creer que actualmente los medios de comunicación disponibles a nivel descentralizado, y las tecnologías que actualmente facilitan la toma de conciencia colectiva de los problemas y desafíos que enfrenta la humanidad, están igualmente en condiciones de socializar la participación de muchos en la elaboración y realización de las respuestas intelectuales, culturales, morales y espirituales necesarias para superarlos.
Creo que aún hay tiempo para avanzar por el camino de la persuasión y de la participación social en la elaboración intelectual y en la realización práctica de las respuestas nuevas, cuya difusión y expansión podrá acelerarse si las nuevas formas económicas, políticas y culturales de la nueva civilización demuestran que proporcionan una vida mejor y más feliz, y que generan formas de convivencia armoniosas, justas y solidarias.
Por eso, junto con expandir la conciencia de los problemas debemos elaborar cultural, intelectual y espiritualmente las respuestas y soluciones a ellos; y mediante actitudes y comportamientos coherentes, e iniciativas creativas, autónomas y solidarias, iniciar la creación de la nueva civilización, en la escala que nos vaya siendo posible, persistiendo en el esfuerzo de expandirla, enfrentando las dificultades que se presenten y superando los fracasos que puedan experimentarse.
Me viene a la mente una imagen muy hermosa pero también muy fuerte y exigente propuesta por Niko Kazantzakis. Frente a la pobreza, la injusticia y la opresión, el pueblo alza los brazos al cielo, los agita y clama. Protesta, demanda, propone, exige. Pero eso no resuelve los problemas. Es necesario, dice Kazantzakis, que esos brazos, de tanto agitarse, se conviertan en alas. Que aparezca, que emerja la fuerza moral y espiritual que tenemos dentro. Lo que tampoco es suficiente. Es necesario que con esas alas que nos hayamos dado, aprendamos a volar, con vuelo propio. Y agrega que, si dejamos de sacudir el aire con esos brazos y esas alas y no aprendemos a volar espiritualmente, esos brazos y alas se entumecen, se endurecen y se convierten en cadenas. Es lo que sucede cuando la protesta social y la energía moral y espiritual no se traducen en iniciativas creativas, autónomas y solidarias, permaneciendo ancladas en la crítica, la denuncia y la exigencia, o peor aún, si se traducen en violencia, en poder y en fuerza dominadora.
Luis Razeto


jueves, 25 de julio de 2019

SOBRE LA CAÍDA DEL GOBERNADOR ROSELLÓ EN PUERTO RICO

Escribo estas líneas pensando en mis amigos que trabajan en la economía solidaria y por una nueva y mejor civilización en Puerto Rico, y que he observado por las redes sociales que han participado activamente y con entusiasmo en las manifestaciones que provocaron la caída del Gobernador.
Observados desde lejos, los recientes sucesos de Puerto Rico me plantean muchos interrogantes.

1. ¿Cuáles son los aprendizajes que se estarían dando con la caída del Gobernador de Puerto Rico Ricardo Roselló, bajo fuerte, consistente y sostenida presión popular?

El primer aprendizaje es de los ciudadanos. Ahora saben que pueden derrocar a un gobernante, electo por ellos mismos, si no les cumple o satisface en el desempeño de sus funciones de gobernante.

El segundo aprendizaje es de los políticos y sus partidos. Ahora saben que los ciudadanos los pueden derrocar, hacerlos renunciar no obstante la seguridad que les ofrezcan las leyes e instituciones.

El tercer aprendizaje es del gobierno y los legisladores de EE.UU. Ahora saben que el Gobernador electo de su Estado Libre Asociado puede ser derrocado por la presión popular.

El cuarto aprendizaje es de los inversionistas internacionales y nacionales, que ahora saben que la estabilidad del Gobierno es menor a la que se creía hasta antes de este suceso.

2. ¿Cuál es el significado histórico de este acontecimiento?

En primer lugar, destaca que se trata de un cambio muy profundo en las relaciones entre la clase política y el Gobierno por un lado, y los ciudadanos por el otro. Hay, en tal sentido, un notable empoderamiento de los ciudadanos, y un significativo debilitamiento de los políticos.

En segundo lugar, es bastante obvio que estamos frente a un debilitamiento del orden institucional establecido. Las instituciones fueron sobrepasadas, y esto es un hecho que puede tener grandes consecuencias, para bien o para mal.

Cabe preguntarse el significado histórico más profundo, en términos de civilización. Creo poder afirmar que estamos ante un episodio – un episodio más – de la crisis del pilar político de la civilización moderna, en la forma particular que ésta ha asumido en Puerto Rico. Es, dicho de otro modo, una agudización y aceleración de la crisis, de la agonía de la civilización moderna. En particular, es clara la desafección e incluso el rechazo ciudadano respecto del sistema de partidos y al modo de representación política que caracterizan al Estado y al Gobierno propios de esta civilización.

No me parece que sea, por sí mismo, un episodio que constituya un inicio, un embrión de una nueva civilización. Porque, al final de cuentas, el modo de la acción que derivó en la caída del Gobernador, fue uno que corresponde a la política y vida social de ésta civilización: una acción de fuerza social, un movimiento de masas, una acción masiva que, de por sí, no constituye una efectiva novedad (aunque pueda parecerlo a sus protagonistas, dada la intensidad que adquirió esta “lucha de masas”).

3. Interrogantes que surgen a partir de estos aprendizajes y de este significado histórico.

¿Qué harán, sobre la base de lo aprendido, los ciudadanos de Puerto Rico?
¿Qué harán los políticos y los partidos de Puerto Rico?
¿Qué harán el gobierno y los legisladores de EE.UU?
¿Qué harán los inversionistas internacionales y nacionales?

De lo que cada uno de estos actores haga, depende si lo sucedido derivará en una acentuación de la crisis y agonía de la civilización moderna; o en su continuidad sin mayores consecuencias, o en el inicio de la transición a una nueva civilización.

Por de pronto, lo más probable es que los inversionistas internacionales y nacionales esperen el curso de los hechos durante las próximas semanas y meses antes de realizar inversiones o desinversiones en Puerto Rico.

En cuanto a los partidos y personajes políticos, lo más probable es que en lo sucesivo cuiden mucho más su imagen pública, y estén más atentos a todo lo que la pueda dañar. Y poco más que eso, porque, como decía Aristóteles, el actuar sigue al ser, y el modo de actuar, es el que corresponde al modo de ser.

Lo que hagan el Gobierno y los legisladores de EE.UU. dependerá de cuánto interés tengan en Puerto Rico y en la continuidad o el cambio de su estatus institucional.

¿Y los ciudadanos? Seguramente habrá diferentes cursos de acción, y también retorno a la pasividad. Pero como no conozco suficientemente sus realidades, no me atrevo a ir más allá de esperar que los ciudadanos de Puerto Rico utilicen sus renovadas fuerzas para desarrollar conocimiento, creatividad, autonomía y solidaridad, que son las bases de la construcción de una mejor sociedad, en camino hacia una nueva civilización.

Luis Razeto

sábado, 6 de julio de 2019

TOMAR DISTANCIA DE LAS IZQUIERDAS



Desde hace varios años vengo denunciando el estatismo, el autoritarismo, la violación de los derechos humanos y finalmente el carácter dictatorial y de “hipocresía social totalitaria” del gobierno de Venezuela, además del drama social que resulta de su pésima gestión económica.

Ha sido el de Venezuela un proceso de deterioro tendencial que se ha venido acelerando, y que podría haberlo reconocido desde que Nicolás Maduro asumió el poder, cualquier persona que no estuviera obnubilado por la ideología izquierdista,. Para verlo y entenderlo no era necesario seguir la información de la prensa opositora, sino escuchar los discursos del propio Maduro, de Diosdado Cabello y del general Vladimir Padrino López. Al comienzo la orientación autoritaria se notaba poco y podía quedar oculta en un discurso centrado en la justicia y la liberación; pero pronto la tendencia dictatorial se hizo patente, especialmente cuando empezaron a encarcelarse y a quitarle los derechos cívicos a dirigentes opositores, Leopoldo López entre muchos.

Sensible frente a las violaciones de los derechos humanos por haberlas experimentado personalmente durante la dictadura militar en Chile, las denuncié apenas empecé a observarlas en Venezuela. Muchos de mis seguidores en las redes sociales se indignaron y me tildaron de reaccionario, pro-imperialista y cosas por el estilo.

Hago un paréntesis para explicar que con Venezuela me unen lazos estrechos. Conozco numerosas experiencias de economía solidaria, cooperativas, organizaciones económicas populares y alternativas diversas, que me invitaron a compartir conocimientos con ellos en muchas ocasiones. Con ellas he colaborado en diferentes formas y momentos. En los primeros años del gobierno de Hugo Chávez fui invitado por el Ministerio de Planificación y por el Banco Central de Venezuela, y pude dar cursos y charlas en varios Ministerios, y organicé una importante investigación sobre el desarrollo de la economía solidaria, la economía popular y el “tercer sector” en ese país. En esos años había al nivel del gobierno bolivariano dos tendencias. Una era favorable a una economía de autogestión social, de cooperación y de activación de la economía popular y solidaria. Otra era una tendencia estatista, fuertemente influida por Cuba. Yo traté de colaborar y apoyar la primera tendencia. Percibí alarmado que se iba imponiendo la segunda. Continué colaborando y viajando a Venezuela aún después de que fui asaltado, con armas de fuego, en un taxi desde el aeropuerto a la ciudad, en que me dejaron botado a orillas de la carretera.

Después, en la medida de mis posibilidades y contactos, me he esforzado en explicar la gravedad de la situación y la tendencia autoritaria, no solamente a los venezolanos que conozco, sino en general entre las personas de izquierda en latinoamérica. Una situación y una tendencia cuya gravedad no era captada por las personas de esa orientación política.

Es que, para darse cuenta de eso en los inicios del devarío, se requiere cierta formación teórica e histórica que no poseen. Esa formación es la que nos permite captar la dirección de los procesos, que es lo más importante. Hay que saber lo que enseñó Aristóteles, que un pequeño error al principio se hace grande al final. Esto es así no sólo en el pensamiento sino también en la práctica. Por ejemplo en la política, una tendencia autoritaria que se considera de menor importancia al comienzo, a menudo conduce a la consolidación de una dictadura.

De ahí la importancia de reaccionar a tiempo, de corregir las desviaciones, de denunciar y resistir frente a tendencias dañinas que, cuando son pequeñas se las cree inofensivas y tolerables, pero que de no ser oportunamente detenidas o corregidas, terminan produciendo daños enormes. (*)

Lo mismo vale respecto a los fenómenos de corrupción, de vinculación de la política con los negocios, y de falta de coherencia en el accionar económico de los gobiernos. También esto lo denuncié oportunamente analizando lo que sucedía en Brasil en tiempos de Dilma Roussef. Y también entonces recibí críticas feroces de gentes de izquierda, que no comprenden que esas tendencias al deterioro de sus políticas las daña no sólo a ellas sino a todos los que bregamos por la justicia, la libertad y la solidaridad.

Arruinar un país, con todo el sufrimiento humano que significa; destruir una democracia; desprestigiar los ideales de transformación social, justicia y liberación popular; y no renunciar sino mantenerse en el poder aún a costa de violar los derechos humanos, demuestra miseria moral, vileza e hipocresía. Ante todo eso, no es posible mirar hacia otro lado y callar. Los que insisten torpemente en que si uno critica tendencias dictatoriales o la corrupción política en gobiernos de izquierda está defendiendo el capitalismo, son los que llevan a que las izquierdas se inhiban y no sean capaces de reaccionar ante realidades que las dañan profundamente y las llevan inevitablemente a perder credibilidad.

Hace algunos años escribí y difundí en un video la necesidad de tomar distancia de las tendencias radicalizadas y violentas anti-sistémicas. Ahora planteo con claridad y más ampliamente, que es necesario tomar distancia de las izquierdas políticas. Hacerlo en forma neta, decidida, transparente. Se lo digo especialmente a quienes participamos e impulsamos la economía solidaria y el cooperativismo; el desarrollo de organizaciones autónomas de la sociedad civil; las búsquedas teóricas y prácticas de transición hacia una nueva civilización, creativa, autónoma y solidaria, no capitalista ni estatista.

Recibiré improperios y múltiples críticas por sostener esto. Lo menos que se dirá es que defiendo y “hago el juego” al capitalismo y a la derecha. No me preocupa. Porque tengo claro que me motiva únicamente el buen desarrollo de la economía solidaria y de los trabajos por caminar hacia una civilización superior, justa, solidaria y libertaria. Si éstas se mantienen ligadas a esas izquierdas estatistas, autoritarias y corruptas, corren el peligro de ser confundidas y desprestigiarse ante las mayorías que no saben distinguir suficientemente una cosa de otra.

Y a quienes me critiquen, me esforzaré por explicarles que no tomar distancias de las izquierdas que parece que son inevitablemente estatistas, y que fácilmente se corrompen y derivan en actuaciones autoritarias, las lleva a apoyar procesos que van exactamente en contra de sus propios ideales de justicia, solidaridad y liberación. Por dos razones fundamentales:

Una es que, como lo enseña la historia universal, “el poder corrompe”, y quienes ponen entre sus objetivas y metas conquistar el poder, empiezan a corromperse en el mismo camino hacia lograrlo. En la lucha por el poder se sacrifica demasiado la ética.Además, el poder es, por definición, tratar de imponer a otros, a la sociedad, la propia voluntad, las propias convicciones, y que otros realicen lo que uno desea. Y eso es, en esencia, dominar, no liberar. 

La otra cosa que es importante que se comprenda es que hoy el estatismo es reaccionario. Lo que en una época pudo ser progresista, en el sentido de significar un progreso para la humanidad, con el paso del tiempo, el cambio en las condiciones históricas, y el agotamiento de sus capacidades y dinámicas creativas, se convierte en un lastre, en un obstáculo para nuevos adelantos y desarrollos de las personas y sociedades. Es lo que ocurre hoy con el estatismo, esa tendencia a atribuir al Estado la responsabilidad de resolver los grandes problemas de la desigualdad económica, del deterioro de la biósfera y el cambio climático, del consumismo, del endeudamiento, del desorden social, de la corrupción de la clase política y la burocracia pública, del aumento de la delincuencia, de la pérdida de valores y del sentido de la vida. Problemas, todos estos, que en alguna importante medida han sido y están siendo causados por el estatismo, y que están afectando al Estado mismo, que por consiguiente no está en condiciones de enfrentar y resolver.

Es un error creer que el Estado tiene capacidades de realizar transformaciones sistémicas y resolver los problemas de la sociedad contemporánea. Es un error grave, porque induce a tres actitudes inconducentes.

1. En muchos casos genera la pasividad de los ciudadanos frente a los problemas que los afectan, al mantenerse en espera de que sea el Estado quien se los resuelva.

2. En otros casos se produce la ilusión de ciertos movimientos sociales que imaginan que si se presiona fuerte a los gobiernos tomarán las decisiones que cambiarán el mundo, lo que nunca ocurre. Hay que asumir que los Estados tienen limitaciones estructurales que les impiden superar el capitalismo, independientemente de la voluntad de hacerlo que pueda tener un gobierno de turno. Hay que entender que entre el capitalismo y el estatismo hay relaciones funcionales, siendo ambos componentes orgánicos de la civilización cuya agonía estamos viviendo.

Y 3. En la medida en que el Estado provea soluciones, satisfactores y entretenciones (panem et circerses) que las personas, las familias o las comunidades locales podrían alcanzar por sí mismas, ellas terminan dependiendo del Estado para su subsistencia; y por tanto, dependientes de quienes ejercen el poder. Y así van disminuyendo en las personas, comunidades y organizaciones, las capacidades de enfrentar sus necesidades, aspiraciones y proyectos en base a su propias energías, creatividad, asociatividad y solidaridad que, en cambio, se expandirían si enfrentaran sus necesidades y problemas por sí mismos.

Lo vengo diciendo desde hace mucho tiempo: se necesita – y la estamos desarrollando - una nueva estructura del conocimiento, de la proyectación y de la acción transformadora.

Luis Razeto

(*) Cabe decir que lo mismo vale al revés. Una buena idea, una experiencia valiosa, inicialmente pequeños y poco reconocidos, pueden llevar a bienes inmensos. Por eso es necesario buscar y captar la dirección en que avanzan los procesos, mas que el tamaño que hayan alcanzado en un momento dado. Lo grande se hace patente por sí mismo. Es a lo incipiente a lo que hay que prestar atención. Lo señalo especialmente en relación a las iniciativas de economía cooperativa y solidaria, a las que las mismas personas de orientación izquierdista prestan poca atención y no saben valorar y reconocer.