lunes, 24 de junio de 2019

COSMONOÉSIS (o Conciencia Cósmico-Noética)

Desde los tiempos más remotos los hombres han mirado el cielo e interrogado a los astros y estrellas del firmamento buscando respuestas a los grandes misterios del ser, de la vida y de la existencia humana. Podemos decir, en tal sentido, que el cielo ha provisto a la humanidad con sucesivas revelaciones. En efecto, los asirios, los chinos, los egipcios, los hebreos, los mayas, los griegos, etc. han realizado distintas lecturas del cielo estrellado, escuchando sus voces y encontrando en él presencias arcanas y esotéricas. Se llaman precisamente “cosmovisiones’ esas grandes concepciones del mundo, de la vida y del hombre que distinguen a las culturas y civilizaciones.
Analizando y reflexionando sobre la situación del hombre contemporáneo Ortega y Gasset concluía:  “El hombre necesita una nueva revelación. Porque se pierde dentro de su arbitraria e ilimitada cabalística interior cuando no puede contrastar ésta y disciplinarla en el choque con algo que sepa a auténtica e inexorable realidad. Esta es el único verdadero pedagogo y gobernante del hombre. Sin su presencia inexorable y patética, ni hay en serio cultura, ni hay Estado, ni hay siquiera –y esto es lo más terrible– realidad en la propia vida personal. Cuando el hombre se queda o cree quedarse solo, sin otra realidad distinta de sus ideas que le limite crudamente, pierde la sensación de su propia realidad, se vuelve ante sí mismo entidad imaginaria, espectral, fantasmagórica. Sólo bajo la presión formidable de alguna trascendencia se hace nuestra persona compacta y sólida y se produce en nosotros una discriminación entre lo que, en efecto, somos y lo que meramente imaginamos ser.” 
Hoy el conocimiento científico, que constituye una nueva lectura del universo, nos proporciona nuevas respuestas, en cuanto encontramos en las dinámicas espacio temporales del cosmos las causas, el sentido y el fin del cambio permanente e irreversible que mueve a todo el ser. Es como una nueva revelación de lo que somos y del lugar que ocupamos en el universo. 
Adquirimos una nueva perspectiva, que nos permite valorar con otros ojos la exuberancia de  la materia, la diversidad de la vida, la profundidad de la conciencia, los alcances del espíritu humano.
En El Cosmos Noético mostré cómo la ciencia pone de manifiesto que el universo ha evolucionado en la precisa dirección de generar seres conscientes y cognoscentes que buscan conocerlo y que se preguntan por el sentido del todo.
La Cosmonoésis consiste en ponerse en el punto de vista del Cosmos Noético, que mira en perspectiva el universo, desde la formación de la materia hasta el surgimiento del espíritu en el individuo humano.
Para acceder a dicho punto de vista es necesario un proceso de unificación y universalización del conocimiento. Pocos individuos lo alcanzan, pero lo importante es que algunos lo logren.
Se necesitó una infinidad de estrellas, tal vez una galaxia entera, para generar un planeta como la tierra, capaz de albergar la vida.
Se necesitó una infinidad de vivientes para generar un animal cognoscente, capaz de percibir los objetos materiales.
Se necesitó una infinidad de cognoscentes para generar un ser humano consciente y racional, capaz de inteligir y comprender el mundo y a sí mismo.
Se necesita una infinidad de seres humanos para generar un individuo supraconsciente, capaz de alcanzar la experiencia y el conocimiento espiritual.
Los procesos que hicieron surgir la materia, la vida, la sensibilidad, la conciencia, la razón y el espíritu, constituyen en el cosmos el ‘filón’ evolutivo que conduce a la perfección de los trascendentales del ser: la verdad, el bien, la belleza y la unidad.
Cada uno de estos trascendentales, en la historia humana, marcan ‘filones’ que ven nacer, emerger y aparecer realidades progresivamente superiores.
En el filón del conocimiento de la realidad, las ciencias comprensivas de la complejidad constituyen el vértice más avanzado alcanzado hasta hoy, la cúspide de la inteligencia racional.
Deberá pasar mucho tiempo antes de que el conocimiento comprensivo de la complejidad se constituya como el modo de conocer prevaleciente en la sociedad. Cuando ello ocurra estaremos en una civilización nueva y superior a todas las hasta ahora conocidas.
Más allá del conocimiento comprensivo se encuentra la experiencia o conocimiento espiritual. Un conocimiento que intenta trascender el conocimiento racional, porque éste plantea de modo inevitable la interrogante por el origen del universo y por su fin último. Pues no parece convincente que este universo maravilloso que ha generado la vida, el conocimiento, la sensibilidad, la conciencia, el amor y la espiritualidad, pueda haber surgido de la nada por sí mismo, por casualidad, y haber evolucionado por puro azar, y que esté irremediable y definitivamente solo, destinado en último término a la entera disgregación.
Luis Razeto
Nota:
En el libro La Experiencia Espiritual, propongo una interpretación teórica sobre éste modo de conocimiento, que plantea tantas preguntas: ¿Cuáles son los contenidos del conocimiento espiritual, o qué se conoce en estas experiencias? ¿Qué validez y confiabilidad podemos atribuir al conocimiento espiritual? ¿Qué implicaciones tiene el conocimiento espiritual sobre la epistemología humana? ¿Y sobre lo que es el hombre? ¿En qué sentido impacta la experiencia espiritual sobre lo que comprendemos de la realidad? ¿Nos proporciona respuestas sobre el fin y el sentido de la vida? ¿Qué prácticas o procesos son necesarios para acceder al conocimiento espiritual? ¿Hay vías, métodos y procedimientos que la favorezcan?
La exposición de estos temas y preguntas se organiza en cinco partes. En la primera – Fenomenología de la Espiritualidad – se recogen y sistematizan los testimonios y los modos en que los místicos han expresado y comunicado sus experiencias. En la segunda – Epistemología de la Espiritualidad – se abordan las cuestiones relativas al conocimiento espiritual. En la tercera – Ontología de la Espiritualidad – se extraen las consecuencias que el conocimiento de la espiritualidad tiene sobre lo que es la realidad y el ser. En la cuarta – Antropología de la Espiritualidad – se exploran las implicaciones que tiene la espiritualidad para las grandes cuestiones del sentido y los fines de la vida humana. Y en la quinta – Praxeología de la Espiritualidad – se examinan las prácticas, los modos y los métodos a través de los cuáles pudiésemos llegar a vivir las experiencias espirituales.
Luis Razeto

(El libro La Experiencia Espiritual se encuentra en este enlace:
https://www.amazon.com/dp/1549896660

El libro El Cosmos Noético aquí:

domingo, 16 de junio de 2019

SOBRE LAS MIGRACIONES Y LOS REFUGIADOS

Escapando de los conflictos internos de los países, de los desastres naturales, de la pobreza, de la delincuencia, de las guerras y de los malos gobiernos, multitudes de personas emigran de sus países y recorren el mundo buscando refugio y/o mejores condiciones de vida en otros lugares.
Salir del propio país en busca de otros lugares donde asentarse es siempre doloroso, porque si bien los humanos tenemos pies y no estamos anclados en un lugar, también tenemos raíces culturales, familiares y sociales que nos vinculan al lugar donde nos criamos y vivimos, que es parte de nosotros mismos y que amamos. Por eso las personas toman las decisiones de emigrar solamente cuando son afectados muy de cerca por esos problemas, o temen que lo serán muy pronto.
Migraciones ha habido siempre, y por las mismas razones. Pero en los últimos años han aumentado enormemente, y todo indica que seguirán aumentando. Ello ocurre por dos razones fundamentales:
1. Los problemas que causas las migraciones aumentan. Desastres naturales, guerras y conflictos internos, pobreza y malos gobiernos, se están multiplicando.
2. Las ‘raíces’ culturales, familiares y sociales que nos vinculan a un lugar se están debilitando. La globalización de la cultura, guiada por los grandes medios de comunicación, procede desconociendo y desvalorizando las culturas, tradiciones y valores locales y nacionales. Las familias están en crisis, sometidas a transformaciones profundas derivadas del naturalismo cultural. Las sociedades pierden unidad e integración por efecto de las desigualdades extremas que han incubado.
Todo ello, y el aumento de las migraciones que producen, son signos evidentes de lo que venimos diciendo desde hace años: que estamos viviendo una profunda y extendida crisis de civilización, la civilización del capitalismo en lo económico, del estatismo en lo político, del naturalismo en lo cultural. Y que es necesario y urgente iniciar la creación de una civilización mejor a la actual que decae a ojos vista.
Pero podemos también pensar que el aumento de las migraciones crea condiciones que facilitan la creación de una nueva y mejor civilización. En efecto las migraciones:
1. Favorecen la comunicación entre culturas diversas, enriqueciendo las que en cada lugar estén cristalizadas y/o se estén agotando, y son siempre ocasión de aprendizajes nuevos.
2. Implican necesariamente cierta redistribución progresiva de la riqueza, pues los países más ricos deben integrar a quienes provienen de los más empobrecidos. Y los propios migrantes suelen ser especialmente esforzados, creativos, autónomos y solidarios en la construcción de sus nuevos hogares.
3. Obligan a todos a pensar, sentir y actuar en términos más universales, lo que va en la línea de la superación de los nacionalismo y estatismos. Pero, claro, esto no ocurre de modo espontáneo, requiriendo que en aquellos lugares donde llegan las multitudes migrantes se generen dinámicas solidarias, abiertas a aprender de lo diferente, y tendientes a producir la integración de los que llegan.
La llegada de muchos emigrantes produce temores, porque es normal temer a lo desconocido. Contra tales temores hay un sólo antídoto eficaz: el conocimiento, hacer que lo desconocido deje de serlo. Para ello hay que estar dispuestos a aprender, y acercarse, y preguntar, y dialogar, y crear cercanía, y simpatizar, y entablar amistad.
BIENVENIDOS SEAN LOS INMIGRANTES, de cualquier lugar del mundo que provengan.
Las migraciones tienen, sin embargo, un problema y una contracara. Con las migraciones la población tiende a concentrarse en los países de mayor desarrollo y bienestar, y a despoblarse aquellas regiones con menores recursos, riqueza y oportunidades. Es lo mismo que ha sucedido con las migraciones internas de los países, que ha llevado a la formación de las grandes metrópolis, y a despoblar y empobrecer las áreas rurales. Además, para emigrar hay que disponer de ciertos recursos, energías y disposición al riesgo. Sucede incluso que los países receptores de inmigrantes tienden a favorecer la entrada de profesionales, empresarios y personas con recursos. Todo ello implica que los lugares de origen de los migrantes pierden a muchos hombres y mujeres muy capaces y emprendedores, sumiéndose así en una pobreza y depresión aumentada..
Los países ricos, que tienden a limitar la llegada de inmigrantes por temor a lo desconocido o por no desear compartir lo que han alcanzado, en vez de levantar inútiles muros físicos y legales que impidan el derecho humano a migrar y a desplazarse en la tierra, podrían y debieran contribuir al desarrollo local de las regiones desde donde provienen los inmigrantes que no quisieran recibir, por ignorancia, temor o egoísmo.
Luis Razeto

sábado, 8 de junio de 2019

HIPÓTESIS SOBRE EL ORIGEN DE LA CONCIENCIA MORAL: EL PECADO ORIGINAL


La biología evolutiva busca y avanza en la explicación del origen del cerebro humano, cuyas características especiales de tamaño (coeficiente de enfalización), gasto energético (tasa metabólica basal), y estructura neo-cortical, hacen del cerebro humano la base orgánica que posibilita la inteligencia racional y la conciencia auto-consciente. Pero el cerebro, como organismo biológico, no se identifica con la inteligencia racional ni con la conciencia auto-consciente. En tal sentido, parece necesario hacer una distinción entre el cerebro y la mente, entendiendo que esta última se sustenta en la primera, de la cual es producto y resultado.

Esta distinción nos lleva a plantearnos las preguntas sobre el origen de la inteligencia racional, y sobre el origen de la conciencia moral, como interrogantes diferentes a la cuestión del origen del cerebro humano que estudia la biología evolutiva.

Todo parece indicar que la mente humana ha experimentado su propia formación, evolución y desarrollo, a lo largo de los 150.000 años de existencia de la especie humana. Pero resulta prácticamente imposible determinar cuál haya sido el primer acto o manifestación de la inteligencia racional en un ser humano, y lo mismo puede decirse respecto de la conciencia moral. Podemos, sin embargo, formular hipótesis razonables al respecto.

Respecto de la inteligencia, se ha hipotetizado que ella surgió por la necesidad de organizar grupalmente diversas actividades necesarias para la sobrevivencia, especialmente en relación a la caza de animales y a la alimentación. Se habría dado lugar de ese modo a la formación del habla y del lenguaje, en orden a coordinar acciones e instrumentos para el logro de objetivos indispensables para sobrevivir. Con la formación de las palabras, que identifican objetos (sustantivos), acciones (verbos) y cualidades (adjetivos), el hombre se hizo capaz de hacer inducciones y deducciones, y de elaborar razonamientos.

Ahora bien, la formación del intelecto no lleva implícita la conciencia moral, que consiste en el juicio que se emite sobre la bondad o maldad de las decisiones y acciones cumplidas. La conciencia moral supone tomar distancia subjetiva respecto de la acción propia y ajena, y emitir un juicio respecto si lo realizado (en orden a asegurar la sobrevivencia, o a cualquier otro objetivo) sea éticamente bueno o malo. En tal sentido los animales inferiores, en cuanto guiados por el instinto en sus actividades tendientes a asegurar la sobrevivencia, carecen de conciencia moral.

Surge entonces como interrogante que necesita respuesta ¿cómo surgió la conciencia moral en la especie humana?

Podemos hipotetizar que ella se haya formado muy temprano, en las primeras etapas del desarrollo de la mente, posiblemente en los primeros individuos y grupos de la especie humana, aunque después de la formación de la inteligencia racional.

Si entendemos el delito (o pecado) como la transgresión de una norma o ley moral establecida, la conciencia moral que juzga el delito (o el pecado) supone el conocimiento de la norma, y éste conocimiento supone la elaboración social de la norma misma. Sin embargo, cabe pensar que la necesidad de la formulación de la norma se presentó ante alguna circunstancia o acción que la hizo necesaria, o al menos importante, para la sobrevivencia del grupo.

Los animales no racionales matan, copulan, pelean, se dominan unos a otros, guiados por la “ley natural” de la vida, y en tales acciones por violentas y crueles que sean, no se establece el juicio moral. En los humanos, animales como los otros, debe haber sucedido lo mismo … hasta que ocurrió algún hecho terrible que hizo emerger en ellos la conciencia moral.

Me atrevo a hipotetizar que se trató de un acto de violación grupal, en manada, de una niña inocente, a la que hicieron sufrir hasta que murió frente a ellos, sin atender sus llantos y súplicas. Un hecho de tal violencia y crueldad, podría haber despertado en esos hombres primitivos, la conciencia de que realizaron una acción miserable, vergonzosa, que no debían repetir.

Esta explicación del surgimiento de la conciencia moral guarda alguna relación con el mito bíblico del pecado original. Según C.G. Jung, los mitos constituyen arquetipos arraigados en el inconsciente colectivo de la humanidad, que tienen un valor cognitivo de carácter simbólico. Desde tal perspectiva, podemos pensar que el mito bíblico del pecado original, según el cual la especie humana se separó de la vida natural “en el jardín del paraíso”, donde cada especie actuaba en función de su naturaleza “que era buena”. Allí los primeros humanos comenzaron a tener conciencia (esto es, haber comido del “árbol de la ciencia del bien y del mal”), cuando cometieron un acto que los avergonzó profundamente. 

El mito sugiere que ese primer pecado que los llevó a tomar conciencia moral y a sentirse expulsados del paraíso natural, consistió en un evento horrible relacionado con la sexualidad. En efecto, se lee en el Génesis que los primeros humanos, después de haber cometido el pecado, se avergonzaron de su desnudez y comenzaron a cubrir sus órganos sexuales. Se dice, además, a modo de parcial justificación machista, que la tentadora del pecado fue la mujer, que a su vez se dejó tentar por la serpiente. 

Ese "pecado original" no puede haber sido, obviamente, la relación sexual natural que es propia de toda especie animal y que es esencial para la reproducción y la sobrevivencia. Debe haberse tratado de alguna forma brutal de sexualidad que llevó a los primeros humanos a tomar conciencia de haber realizado algo terriblemente malo, que era necesario prohibir moralmente, y prevenir cubriendo los órganos sexuales. Así podría haber surgido la “ley moral”, levantada por sobre la ley de la naturaleza.

Luis Razeto